Principios

De la mano con los enfoques existen una serie de principios, esto es, normas de carácter general que orientan y transversalizan la ruta a seguir. Estos son:

Democracia cultural

La democracia cultural es un paradigma que persigue la participación equitativa de todos los miembros de una sociedad en la vida cultural, y en los modelos y planes de acción impulsados para su desarrollo. Se fundamenta en el reconocimiento de la cultura como un derecho inalienable y una condición propia de la humanidad, de manera que afirma la libertad cultural, la diversidad cultural y promueve modelos de desarrollo desde una perspectiva inclusiva, equitativa y participativa.

Diversidad cultural

Si existe un rasgo que particularice a la cultura, es la diversidad. Esta se manifiesta en el espacio y en el tiempo, comportándose como la substancia que alimenta las identidades culturales y como el denominador común que le confiere riqueza y dinamicidad a la humanidad. Identidad cultural y diversidad cultural son indisociables. En este sentido, la Declaración Universal de la UNESCO en torno a la Diversidad Cultural declara en su Art. 1 

“(…) Fuente de intercambios, de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es tan necesaria para el género humano como la diversidad biológica para los organismos vivos.”

Declaración a la que recientemente agrega:

“Todas las tradiciones vivas están sometidas a una continua reinvención de sí mismas. La diversidad cultural, al igual que la identidad cultural, estriba en la innovación, la creatividad y la receptividad a nuevas influencias” (2009, p.6).

Desde esta perspectiva, la cultura en la amplitud de su diversidad,

“(…) no es simplemente un bien que se debe preservar, sino un recurso que es preciso fomentar, incluso en ámbitos relativamente alejados de la cultura entendida en sentido estricto” (UNESCO, 2009, p. 3).

A este respecto, señala UNESCO:

“La diversidad cultural amplía las posibilidades de elección que se brindan a todos; es una de las fuentes del desarrollo, entendido no solamente en términos de crecimiento económico, sino también como medio de acceso a una existencia intelectual, afectiva, moral y espiritual satisfactoria” (2001, art. 3)

Por su parte, el Informe sobre Desarrollo Humano 2004: La libertad cultural en el mundo diverso de hoy, indica que la diversidad:

“(…) promueve la libertad cultural y enriquece la vida de las personas. La diversidad es el resultado de las libertades de los seres humanos y de sus elecciones e implica, a la vez, la oportunidad de evaluar diferentes alternativas a la hora de realizar tales elecciones. En este sentido, si las culturas locales desaparecen y los países se tornan homogéneos, se reduce el abanico de alternativas” (PNUD, 2004, p. 89)

De acuerdo con esto, cualquier política orientada a promover el desarrollo de una nación debe comprender como uno de sus principios medulares, el reconocimiento y la afirmación de la diversidad cultural. Este principio debe nutrirse necesariamente del conocimiento de la diversidad cultural existente, de la habilitación de mecanismos que promuevan su puesta en valor y su reproducción, que faciliten su enriquecimiento a partir del encuentro e interacción con otras culturas, así como de la libertad para su elección y transformación, y que posibiliten su inclusión y su participación de forma equitativa y permanente en todos los procesos asociados con el desarrollo nacional.

Inclusión

La inclusión es un principio que se vincula con la equidad en la medida que parte de la convicción de que el reconocimiento de la diversidad y de la diferencia, se debe traducir en prácticas que atiendan las necesidades de la heterogeneidad de personas que conforman una sociedad. Este principio se distancia del de la integración porque en vez de considerar que las diferencias deben ser mitigadas en procura de la unidad, concibe la heterogeneidad como un valor que debe potenciarse como basamento del sentido de comunidad.  La inclusión supone por lo tanto, el reconocimiento y la valoración de la diversidad como una realidad y como un derecho humano. Como paradigma, la inclusión aspira a mitigar las prácticas que promueven o justifican la exclusión en sus distintas formas, sean estas asociadas con la descalificación, la marginación, la omisión, o la ausencia de participación, entre otras. Consecuentemente, el principio de la inclusión debe formar parte de todos los estadíos que comprende la formulación y la puesta en marcha de la política, e implica la adecuación de los enfoques y de los modelos de gestión que han vehiculizado formas más o menos directas de exclusión.

Participación

La participación es un paradigma que se vincula íntimamente con el de democracia. “Formar parte de” es una condición esencial de cualquier régimen democrático y una condición consubstancial a la de la ciudadanía. Desde esta perspectiva, es imprescindible garantizar el derecho de los sujetos a participar en los beneficios que provee determinado modelo de desarrollo, así como en la discusión y los procesos de toma de decisión que se encuentran en su base. De acuerdo con esto, la política nacional de cultura debe habilitar los mecanismos necesarios para que la participación ciudadana con incidencia en las decisiones públicas se haga efectiva. Esto implica facultar mecanismos de información transparente, oportuna, efectiva y eficiente; así como reformular el perfil de la institucionalidad en una vía que propicie formas de participación que amplíen la fórmula clásica de la recepción de bienes y de servicios, y que contemple el diálogo y la corresponsabilidad sobre aspectos de interés público.

Articulación

La articulación es un principio que se desprende del carácter holístico del campo cultural. Si la cultura es la condición de posibilidad de la vida en sociedad, en la medida que abarca e hilvana las condiciones simbólicas y materiales que posibilitan su transformación y su reproducción; su gestión no puede concebirse de forma aislada, sino que requiere facultarse de mecanismos que propicien un modelo de desarrollo articulado y articulador. Desde esta perspectiva, la política nacional de cultura debe formularse desde un enfoque holístico de la cultura, que promueva su articulación con otros campos y sectores mediante la habilitación de espacios permanentes de interacción y de retroalimentación, y que facilite asimismo, la articulación de los agentes que conforman el campo cultural.